El movimiento de la Psicología Humanista se caracteriza por su capacidad receptiva y su espíritu tolerante, a la vez que por un eclecticismo técnico y pragmático que da lugar a que albergue en su seno teorías distintas. Esas teorías son, en general, parcialmente compatibles entre sí pero no del todo coincidentes ni en cuanto a sus afirmaciones últimas ni en cuanto a teoría o estrategias.
Por ello, aún cuando nuestro modelo se califique como encuadrado dentro de aquél
movimiento, no es indiferente a esa discrepancia interna y opta por unos
determinados compromisos, tanto teóricos como metateóricos, lo cual hace que la
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integración entre diferentes modelos sea desigual: en efecto, en algunos casos el
solapamiento es tan sólo a nivel de técnicas, mientras que respecto a otros sintetiza
teorías psicológicas y clínicas y respecto a otros comparte metateorías comunes a
varios de ellos, o parte de esas metateorías.
Sintetizando, diremos que la Psicoterapia Integradora Humanista es un modelo que
se caracteriza por los presupuestos metateóricos, teóricos, psicoterapéuticos y
metodológicos que se describen a continuación.
1. Marcos de referencia metateóricos: epistemológicos y antropológicofilosóficos
La Psicoterapia Integradora Humanista es:
1.1. Epistemológicamente constructivista, es decir, parte de la concepción de la
existencia de una realidad externa ajena a la propia conciencia -es decir, objetiva, en
este sentido- cuyo conocimiento no se da en forma directa, sino a través de la
mediación de la propia subjetividad, de manera que incluso las formas más simples
de contacto con la realidad, las sensaciones, ya son percibidas impregnadas de
subjetividad:
Por ello la realidad es susceptible de diferentes interpretaciones, sin que podamos
atribuir a una de ellas la capacidad para captar la totalidad objetiva de la realidad.
Comparte entonces esta afirmación genérica tanto con la Psicología de los
Constructos Personales de Kelly como con el Análisis Transaccional, la Psicoterapia
de la Gestalt, el Focusing, determinados enfoques existenciales y, en general, los
enfoques no directivos, que participan de esta concepción de la dimensión subjetiva
del conocimiento y están atentos, desde el punto de vista clínico, a que el paciente (o
cliente) logre un sistema interno coherente y significativo para él, más que a
imponerle una determinada visión de la realidad o unos contenidos pretendidamente
objetivos.
1.2. Concibe la realidad en forma sistémica, aspecto que comparte con los diferentes
enfoques de la orientación humanista-experiencial y con la Terapia Familiar
Sistémica. Es decir: entiende al ser humano, tal como Von Bertalanffy formuló (Von
Bertalanffy, 1968/1976), como un sistema -entendiendo como tal un conjunto de
elementos conectados entre sí de tal forma que la variación de uno de ellos varía el
conjunto- inserto en el seno de sistemas más amplios (familia, por ejemplo) y a su
vez estos sistemas dentro de otros más vastos (como podría ser una cultura
concreta). La persona se entiende también como integrada por diferentes
subsistemas (cognitivo, corporal, afectivo, interaccional, práxico, entre otros)
formando una realidad.
1.3. Entiende al ser humano como parcialmente libre, es decir que no es meramente
reactivo a unos estímulos concretos y -dentro de los condicionamientos a que, sin
duda, está sometido- mantiene un margen de libertad de elección del cual es
responsable y por el cual se constituye en sujeto agente. Dentro de esta afirmación
incluimos que, aún cuando considera al ser humano como un organismo, no es
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organicista a la manera de Perls, Rogers y Lowen, que confían en la bondad
espontánea del proceso organísmico del ser humano, y a la vez, a nuestro juicio,
minusvaloran las instancias culturales e históricas en que el proceso se desenvuelve,
o les atribuyen un papel patogenético.
1.4. Concede una gran importancia al proyecto vital de la persona y a la búsqueda
de sentido, coincidiendo así con el enfoque existencial, y asumiendo las líneas
básicas del pensamiento de May (1953/1974, 1967/1978, 1981b/1988) y Frankl
(1977/1980, 1982/1988, 1987/1990). Actualizando, de acuerdo con Rychlak, la
clasificación aristotélica de las cuatro causas, y no limitándonos -como ha sido muy
frecuente al investigar las causas de las conductas psicopatológicas y de los cambios
terapéuticos- a las causas "material" y "eficiente", concedemos relevancia, a las
causas "formal" y, en especial, a la causa "final".
El énfasis concedido a esta última nos aproxima a algunas teorías y aportaciones de
Adler y se refleja, en el plano psicoterapéutico, en la importancia que concede a lo
que el Análisis Transaccional denomina "análisis del guión vital", incluyendo dentro de
los objetivos globales de la psicoterapia -si es armónico con la demanda del paciente
o cliente- la posibilidad de sustitución de un proyecto construido en forma rígida (lo
que propiamente es el "guión") o la ausencia de proyecto (ausencia de guión, o guión
de "ir tirando" en términos analítico-transaccionales) por un proyecto flexible elegido
desde la libertad y lucidez que en ese momento de su vida es capaz (salirse del
guión, o guión de triunfador*).
En cuanto a la relevancia dada a la "causa formal", se manifiesta en la práctica
terapéutica a partir de la concepción de un modelo basado, ante todo, en un análisis
del proceso (o "forma"), que el sujeto desarrolla para lograr aquellos objetivos, a
semejanza de la perspectiva de la Psicoterapia
de la Gestalt, la Psicología de los Constructos Personales de Kelly y la Psicoterapia
Postrogeriana de Egan.
1.5. Se interesa de modo especial por los temas específicamente humanos, interés
que comparte con los iniciadores del Movimiento de la Psicología Humanista por
temas que diferencian nuestra especie animal de las otras (amor, creatividad,
metamotivaciones, o búsqueda de sentido, por ejemplo).
2. Algunas teorías sobre personalidad y motivaciones integradas en
nuestro modelo
En cuanto a éstas, la Psicoterapia Integradora Humanista,
2.1. Admite la presencia de procesos no conscientes en el comportamiento humano,
si bien se distancia del Psicoanálisis en la concepción del inconsciente como una
especie de depósito de contenidos concretos, especialmente de temática sexual,
reprimidos por su carácter socialmente destructivo. La concepción de los procesos
no conscientes asume, por el contrario, las posiciones del Análisis Transaccional de
Berne y de la Psicoterapia de la Gestalt de Perls que lo contemplan más en términos
formales que de contenidos, y no le atribuyen un carácter caótico ni destructivo,
necesariamente, ni tan rígidamente separado de las instancias conscientes.
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2.2. Es psicodinámico, por cuanto señala la importancia de la motivación en el
comportamiento humano, y en este sentido coincide con el enfoque psicoanalítico
freudiano, pero se distancia del mismo -se acerca más al adleriano-, coincidiendo con
los presupuestos del Análisis Transaccional, la Psicología de los Constructos
Personales y la Psicoterapia de la Gestalt -entre otras- en subrayar la relevancia del
carácter teleológico de dicho comportamiento y concibiendo las motivaciones no
como pulsiones energéticas, sino como aspiraciones que estimulan al ser humano
hacia unos determinados logros.
2.3. Acepta la variabilidad de las motivaciones, es decir que supone que la persona
amplía intereses y motivaciones que no son necesariamente los diferentes disfraces
de una o dos pulsiones originarias. En este punto seguimos a Allport, discrepando de
Freud y de Adler, entre otros.
2.4. Acepta también la distinción entre motivaciones y metamotivaciones propuesta
por Maslow (1954/1975, 1971, 1980/1982), o, dicho con la terminología de Lersch
(1966/1971), que más allá de las tendencias de la vitalidad y del yo individual el ser
humano dispone de genuinas tendencias transitivas que no son coincidentes con
sublimación de otras tendencias, sino que tienen una entidad propia.
2.5. Considera que los valores éticos constituyen un núcleo importante de la
personalidad y que en torno a ellos se aglutina el sentido de identidad y facilitan la
evolución personal hacia la autonomía (Rosal, 1987a).
2.6. Considera la unicidad de cada ser humano y el carácter original de cada
individuo, si bien entiende que -en la línea de Millon y Everly (1985/1994)- se dan
patrones consistentes de personalidad (generalmente patrones mixtos), aunque
dichos patrones, por sí mismos, no pueden considerarse sanos o insanos, puesto
que no hay un modelo único de personalidad a imponer o sugerir, sino que es el
ejercicio flexible o rígido de los mismos en relación con las situaciones, el que
determina el grado de salud mental.
3. Algunas teorías sobre psicoterapia integradas en el modelo de
Psicoterapia Integradora Humanista
Los más destacados de estos principios son:
3.1. Es un modelo integrador, en tanto en cuanto considera que no existe en la
actualidad un modelo de psicoterapia que sea válido para todas las personas,
problemas y circunstancias, y por ello se siente llamado a mantenerse receptivo y
dialogante a las aportaciones que desde otros modelos o paradigmas pudieran ser
integradas en forma coherente y que pudieran hacer más efectivo el tratamiento.
3.2. Es holista en relación con la persona y los sistemas en que participa, es decir:
se ocupa de la globalidad y considera que hay que trabajar conjunta e
integradamente en los diferentes subsistemas del individuo, elaborando cualquiera de
los trabajos realizados en un determinado nivel de intervención dentro de la
experiencia del sujeto considerada como un todo global.
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3.3. El objetivo de la psicoterapia viene dado por la demanda del cliente, más que
por el que señale un modelo concreto, si bien hay que tener en cuenta que esta
demanda no siempre se hará
de forma explícita y que puede ser redefinida a lo largo de proceso y abrirse a
niveles más supraordenados o más sintomáticos.
3.4. Integra la visión del proceso psicoterapéutico como un proceso de solución de
problemas, tal como lo habían hecho Prochaska (1984) y Prochaska y DiClemente
(1982), entre otros, si bien el esquema global en que se apoya como visión del
conjunto del proceso es el del postrogeriano Gerard Egan (1986), por considerarlo
sumamente concreto y operativo, a la vez que concorde y coherente con los
principios teóricos y metateóricos del modelo.
3.5. Enfatiza la importancia del vínculo terapéutico, y propone la adopción por parte
del terapeuta de las actitudes rogerianas de aceptación incondicional positiva hacia el
cliente, empatía y autenticidad (Rogers 1957), no sólo a título de exigencias éticas
que enmarquen la relación, sino como indispensables para que pueda surgir una
alianza efectiva (Lafferty, Beutler y Crago, 1990). Sin embargo, no considera que
esas tres actitudes básicas sean suficientes para esa implicación por parte del
paciente o cliente.
A la vez, entiende que la vinculación terapéutica debe estar atenta, en forma
idiosincrática, a las perturbaciones en el vínculo que presenta la persona, a las
hipotéticas causas de las mismas, y a
proporcionarle unas experiencias globales diferentes de aquellas que contribuyeron a
la creación de la perturbación.
3.6. Exige al terapeuta un papel activo que, a la vez que escucha empáticamente al
cliente, interacciona con él haciéndole propuestas de exploración concretas,
separándose en ello de la no-directividad del enfoque rogeriano.
3.7. Es experiencial, es decir, basa prioritariamente la efectividad del cambio
terapéutico en el hecho de proporcionar al cliente, a lo largo de las sesiones
terapéuticas, experiencias en el "aquí y ahora" que pongan de relieve la
inconsistencia o disfuncionalidad de sus patrones de comportamiento y faciliten el
hallazgo de otros nuevos más funcionales.
3.8. Concede una importancia relevante al papel de las funciones dependientes del
hemisferio derecho, considerando que las emociones, el comportamiento no verbal y
la intuición son muy potentes a la hora de ofrecer un enfoque de la realidad distinto
del habitual en nuestra cultura, y permite al paciente enriquecerse con la coherencia
de esos fenómenos, y la sabiduría implícita de los mismos.
3.9. Resalta la importancia de los acontecimientos de cambio, que van dirigidos a
superar los bloqueos, dispersiones o distorsiones repetitivos respecto al proceso del
fluir vital de la persona.
3.10. Es tecnológicamente pluralista y ecléctico, remitiéndonos en este punto a lo
explicitado anteriormente.
Para concluir, consideramos que la utilización simultánea de varios modelos no
supone, por fuerza, un tratamiento fragmentado del ser humano. Tampoco
pensamos por ello que se trate de un eclecticismo no comprometido que no se atreve
a optar por un modelo concreto. Pensamos que esta multiplicidad de modelos puede
ser una fuente de enriquecimiento para la comprensión del inabarcable misterio de lo
humano y que cada uno de ellos ha seleccionado unos determinados aspectos del
mismo a fin de dar una estructura económica y operativa a su trabajo terapéutico.
Y no tiene lugar la fragmentación o falta de compromiso, cuando se ponen en
práctica en el seno de su meta-modelo, la Teoría General de los Sistemas de
Bertalanffy, como, asimismo, las perspectivas holista, existencial, y constructivista.
Intervención de D. Ramón Rosal Cortés, doctor en Psicología, en el Simposio celebrado en el marco del I Congreso Europeo de Psicoterapia, organizado por la FEDERACIÓN ESPAÑOLA DE ASOCIACIONES DE PSICOTERAPIA (FEAP), los días 5-9 de septiembre de 2000.
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